dimanche, 30 avril 2006

EL MANIFIESTO CONTRALITERARIO

 

Siempre la contraliteratura fue resueltamente moderna – en el sentido rimbaudiano del término, decir adelantada no solamente a su tiempo sino al tiempo mismo.
Así, más que el relato de la desaparición de la literatura, el relato contraliterario es el lugar de esta desaparición, su centro de gravedad, el epicentro trascendental del arrebato del relato por el relato mismo.
La obra contraliteraria fue siempre la búsqueda inconclusa de su propia fuente, que aparecía a la medida que la literatura desaparecía.
Es una resistencia al pensamiento lineal, una cierta idea de la escritura. Para la contraliteratura, la novela es une esfera.
Partir, lanzarse en aventura, dar vida a las palabras ; ser, recordar algo que no ha todavía advenido ; escribir, recordar de lo que debe necesariamente sobrevenir – porque la escritura es conversión, inversión, retorno : transmutación de la linealidad en esfericidad.


ESE DESEO DE ESCRIBIR ANTERIOR AL DESEO

 

Esta escritura transfiguradora es trabajo del hombre sobre sí mismo en tanto que supera su estado presente, lo corta – que entra en videncia, iniciándose en las heridas sublimes de un eterno recomienzo.
La contraliteratura proviene de ese deseo de escribir anterior al deseo. Es una gnosis lírica, por decir todo – porque no hay que decir todo.
Cada lengua posee el perfum particular de esa nostalgia en la que se origina la escritura – Hölderlin, en alemán tan puro que llega a ser para siempre irrespirable ; y el aroma tan provenzal del italiano de Dante, el inglés fogosa de William Butler Yeats, el castellano vertical de Juan de la Cruz…
Todas esas palabras, que provienen de la efusión nostálgica del espíritu, son los anclajes invisibles de las escrituras contraliterarias, y sus oriflamas no se dejan leer sino en cierto reposo del espíritu.
Porque la contraliteratura es la reacción del lenguaje contra la entropía literaria, una resistencia interior de las palabras para preservar la lengua, impedir que ella transgreda los límites nihilistas más allá de los cuales el recuerdo del ser se pierde.

 

EL ÚNICO SENSERO AMOROSO

 

Escribir es limar las palabras. Y Nerval lo ha escrito en su Angélique, “ hay varias clases de reacciones : unas toman rodeos, otras son reacciones que consisten en detenerse”.
La reacción contraliteraria avanza por atajos, oblicuidades últimas de retorno a la vida – retornos perdidos, desvíos últimos, iniciáticos, hacia el único sendero amoroso, deliciosamene enrojecido, del viviente semiológico.
Porque la contraliteratura anuncia el advenimiento ultimo de lo que Nietzsche llamaba la “gran historia”, es decir la irrupción de la eternidad en la historia, el tiempo de la “hiero-historia”, – según el bello neologismo de Henry Corbin.
Frente a la literatura alienada del olvido ontológico, la contraliteratura permanence como última libertad de la escritura.
Resulta ella de la interracción paciente, a lo largo de las edades, de lo biográfico y de lo ficticio : es la dialogación de la vida – la alquimia del verbo, la simple teurgia.
En Francia, Gérard de Nerval fue una de las grandes resurgencias de la contraliteratura fundada sobre la asunción absoluta de la lengua francesa.
Toda asunción absoluta de una lengua humana provoca inmediatamente el descenso paraclético del Verbo, surgiendo del corazón mismo de esta lengua.
La escritura no puede ser sino literatura o contraliteratura, y esta elección originaria le confiere su sentido apocalíptico. La contraliteratura del fin será la celebración del fin de la escritura, el último combate del ser y de la nada.


ENTRE EL DIOS OCULTO DEL MUNDO Y EL MUNDO DEL HOMBRE

 

Escribir es un ensueño, pero no es soñar – porque en el ensueño el espíritu está presente y el ensueño es el estilo del sueño. Se trata de hacer de modo que la palabra se conmueva de su imagen interior : la escritura así concebida se aproxima a la plegaria.
La función de las palabras es femenina, ambivalente – las palabras son símbolos ; y la cadena de los significantes puede tanto alienar al hombre como liberarlo. Hay una lógica fantasmal de la lengua que se refleja tanto en las tinieblas automáticas de la inconsciencia como en la luz espiritual de la supraconsciencia.
Las palabras tienen su dinámica propia, desarrollándose y extendiéndose en virtud de la energía que les es inherente. Frente a esta trascendencia de la lengua, el heroísmo de la escritura consiste en descubrir el lugar mismo de la apprehensión de la lengua – que es aquél, único y virginal, donde se deja capturar el unicornio legendario.
Porque, entre lo intelligible y lo sensible, es decir entre el Dios oculto del mundo y el mundo del hombre, reside la realidad utópica de la escritura, la dimensión sagrada de lo inter-dicto, la corporeidad del espíritu que es esta morada de la presencia divina en nuestro mundo : la “Sophia” de la gnosis cristiana, la “Shekhina” de los cabalistas hebraicos, la “Fitra” del Islam interior.
Este lugar de la mediación, en los márgenes del silencio, es el de las revelaciones y de las transfiguraciones, el espacio vació donde adviene la escritura eternamente femenina cuyo acto arquetípico es la rememoración del cuerpo de Osiris por Isis. Aquí el escritor ve por la mirada del alma del mundo.
En la literatura, el centro de la persona del escritor es relegado en la inconsciencia – el procedimiento surrealista de la escritura automática habrá sido la fase última de la nihilificación literaria. Al contrario, por la contraliteratura, el escritor es proyectado en una supraconsciencia escritural, traductora de lo invisible en lo visible.
Esta mediumnidad contraliteraria es una mística del hombre verdadero. El estilo es lo impensado de la literatura. Es une capacidad espiritual dada al escritor : el carisma de su propia soledad.
Pero entonces, ¿ qué soledad para el lector y qué estilo de escritura ? Y esta cuestión fascinante : ¿ cómo dos soledades podrían encontrarse, amarse ?
La literatura se ha nihilificado en su negación del estilo, mientras que la contraliteratura permanecía siempre en el intersticio de las soledades, en ese lugar del amor donde se eterniza el deseo de los amantes – porque la intimidad no puede nacer sino en la distancia.
El principio de la contraliteratura deseosa no es el gozo : el estilo es para ella un fin en sí, la puerta del reino. La certidumbre del estilo rinde vanas las vacilaciones románticas entre la prosa y la poesía que salpican el discurso de la crítica literaria.

 

EL CAMPO DE TRANSFORMACÍON INFINITA

 

El estilo, el acto contraliterario mismo, es el único transformador del texto considerado como el campo de transformación infinita de una frase única. La modernidad se ha edificado sobre la negativa a pensar lo que la exede. La función de la literatura habrá sido la de obliterar toda vía amorosa de la lengua, inaprehensible e insensata a sus ojos.
Sin embargo es a una lectura anagramática que llama el texto contraliterario ; lectura inaudita, que provoca la insurrección de las palabras nuevas de la tribu. Sólo ese lector celoso sabrá leer la escritura herética, fuera de linéa, esa lengua abandonada, desprendida del corazón del Verbo, ese contra-canto trovadoresco.
Tanto como insurreccional, la contraliteratura sera pues resurreccional, haciendo obra de vida de lo que, por la literatura, no es más que letra muerta.
Lo que entra en el campo literario, la alteridad contraliteraria, no será nunca la lengua del amo y del esclavo.
Ella es la escritura de la resurrección de la parte rechazada, alienada y casi abolida de nuestro ser : una última elegancia de ser, una cierta belleza que permanence.
Alain Santacreu


Texto traducido del francés ( Alain Santacreu, Le Manifeste contrelittéraire, 1999 )

 

 

 

HÉCTOR BARRETO Y SU PRODIGIOSA IMAGEN

por Sergio Fritz Roa

 

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Persistir. He aquí un verbo con fuego propio. Un llamado a remecer la conciencia y a extenderla en el tiempo.

¡Persistir! Aquél es el Verbo que ha de unirse para siempre al joven mártir Héctor Barreto (1917-1936), como a todo auténtico poeta.

Hijo de un tiempo violento, de trincheras urbanas, de miradas asesinas, Barreto es símbolo venerado para todo amante de la sabia letra, del armónico pensar. Ello más allá de las diferencias políticas como de toda frontera de ilusión. Pues en el fondo, el hombre siempre es hombre, con sus miserias y riquezas; y no nos es dado negar el valor allí donde lo hay.

Muerto a los diecinueve años, su vida humana se interrumpió para trascender. Para perseverar.

Cuando la bala llegó al corazón de Barreto, un ángel recibió su cuerpo de acero. O quizá una de las musas griegas, pues la mirada y espíritu de este hombre nunca estuvieron lejos de la mítica Hélade. Amante de las artes (literatura, historia y escultura), su admiración por la Grecia, en cierta forma madre del Logos y del Myto, era inevitable.

En el tiempo que va desde su muerte algunos heraldos han querido mantener su rostro para rescatarlo del silencio homicida que tapia con férreos clavos la vida del escritor, siempre precario, siempre ajeno a sus hermanos de siglo.

Hoy, gracias a ellos persiste el Nombre en cofradías extrañas, constituidas por bebedores de hidromiel, tejedores de sueños ancianos.

¿Qué debemos recordar de Barreto además de su muerte incendiaria? Su prosa, sin duda. Pues no sólo escribió con episodios su breve existencia, sino también en el papel, para transmitirnos el canto de su alma.

Hemos leído su memorable "La Perfecta Belleza", escrito hacia 1934 y no hemos podido dejar de extrañarnos alegremente por la coincidencia de espíritu y estilo con Arthur Machen, Clark Ashton Smith y Lord Dunsany, autores no traducidos a dicha fecha a nuestra lengua y del todo inaccesibles en el Santiago de 1930. Prosa fantástica, sensual y delicada. Única en nuestra Patria. Sólo los paisajes oníricos de "La Flor Inexistente" o "Las visitas de la reina de Saba" de Serrano pueden tener esquiva semejanza.

"Jasón", otro relato, que precisamente muestra la devoción del autor por la vieja Grecia, sin duda será apreciado por los lectores. Jasón, el viajero que persigue el Vellocino de Oro, no es otro que Barreto tras la Poesía, escalera que como el frontispicio del Mutus Liber comunica lo humano con lo celestial.

La edición de "Historias ociosas. Cuentos y relatos de Héctor Barreto" (Editorial Puerto de Palos, Santiago de Chile, 2004), a cargo de Rafael Videla, constituye una buena guía, un muestrario fiel al corazón sincero de Barreto. No obstante la sencillez y la existencia de algunos errores en su confección, este libro es una buena puerta y un aporte al redescubrimiento de un prosista que, no obstante no haber llegado a la perfección de su arte (debido a las contingencias que cegaron sus ojos terrenales), ha sabido persistir en cofradías solares aun en tiempos del Lobo.


HÉCTOR BARRETO : UNE FIGURE MYTHIQUE
par Sergio Fritz Roa

Persister. C’est là un verbe au feu singulier. Appelé à transformer la conscience, à l'étendre dans le temps. Persister ! C’est le Verbe qui, pour toujours, doit s’unir au jeune martyr Héctor Barreto (1917-1936), comme à tout poète authentique.
Fils d'un temps violent, de tranchées urbaines et de regards assassins, Barreto est un symbole vénéré pour tout amant de l’ écriture sacrée et  de  l’harmonieuse pensée. Au-delà des différences politiques comme de toute frontière illusoire. Car, dans son tréfonds, l'homme est homme, avec ses misères et ses richesses ;  et l’on ne peut nier la valeur où elle est. Mort à dix-neuf ans, sa vie humaine s’est interrompue pour se transcender. Pour persévérer.
Quand la balle a touché le coeur de Barreto, un ange a reçu son corps d'acier. Ou, peut-être, fut-ce une muse grecque puisque le regard et l'esprit de cet homme  ne s’éloignèrent jamais trop de la mythique Hellade. Amant des arts (littérature, histoire et sculpture), il était fatal qu’il admirât la Grèce, mère du Mythe et du Logos.
Depuis sa mort, quelques hérauts ont maintenu sa tête soulevée pour l’extraire du silence assassin qui a cloué la vie de l'écrivain, si fragile, si étranger à ses frères du siècle. Aujourd'hui, grâce à eux, son Nom persiste dans des confréries étranges de buveurs d’ hydromel et de tisseurs de vieux rêves.
Que faut-il retenir d’Hector Barreto, outre sa mort incendiaire? Sa prose, sans aucun doute. Non seulement les récits qui retranscrivent sa brève existence, mais aussi son personnage qui nous transmet la chanson de son âme.
Après avoir lu l’inoubliable La perfecta belleza (La parfaite beauté), ouvrage écrit vers 1934, on ne cesse de s’émerveiller devant la connivence de son inspiration et de son style  avec Arthur Machen, Clark Ashton Smith et Lord Dunsany, auteurs pourtant encore non traduits à cette époque en notre langue et tous inaccessibles dans le Santiago de 1930. Prose fantastique, sensuelle et sensible. Unique dans notre culture. Seuls les paysages oniriques de La flor inexistente ou Las visitas de la reina de Saba de Miguel Serrano peuvent souvenir la comparaison.
"Jasón", autre récit, qui montre précisément la dévotion de l'auteur pour la Grèce antique, sera certainement apprécié de nombreux lecteurs. Jasón, le voyageur qui poursuit la Toison d’or, c’est Barreto en quête de la Poésie, l’échelle qui, comme dans le frontispice du Mutus Liber, permet à l’humain de se relier au célestiel.
L'édition d´Historias ociosas. Cuentos y relatos de Héctor Barreto  (Editorial Puerto de Palo, Santiago de Chile, 2004), dirigée par Rafael Videla, constitue un bon guide, un témoignage fidèle au coeur sincère de Barreto. Malgré la simplicité de sa confection et la présence de quelques coquilles, ce livre est un excellent accès à la redécouverte d'un écrivain qui, s’il n’a pu atteindre à la perfection de son art (étant donné les contingences qui aveuglèrent ses yeux terrestres), continue à persister dans les confréries solaires des temps du Loup.
(traduit en français par Alain Santacreu)

mercredi, 26 avril 2006

Avant-dire N°14

Dans le cadre de la parution à « rebroussement » des différents avant-dire parus dans notre revue

 

 
« PARTI » DE FRANCE ET D’EMPIRE
par Christian Rangdreul

 

« Une Europe ayant gommé de son passé la civilisation chrétienne ne peut que déboucher sur un matérialisme tragique, aussi dangereux que la doctrine du communisme. » Marie-Madeleine Davy (1)

 

   Au sortir de la Seconde Guerre Mondiale, Georges Bernanos s’avisa de poser une question insolente au « Monde libre ». Ce monde qui, par un extraordinaire tour de passe-passe n’eut aucun scrupule à livrer la Pologne à la Russie soviétique, alors que le prétexte légitime qui avait poussé la France et l’Angleterre à entrer en guerre était de réagir à son invasion par l’Allemagne nazie. L’auteur du Dialogue des carmélites lança ce cri : « La liberté pourquoi faire ? »
   Aujourd’hui, la patrie de Karol Wojtyla fait son entrée dans l’Union européenne avec une importante partie de l’Europe centrale, slave en majorité, événement capital pour les destinées de la grande presqu’île ouest-eurasienne. Rodzinna Europa, cette « Autre Europe » dont témoigna Czeslaw Milosz, contribuera-t-elle à donner naissance à une « Europe Autre » ? Ce n’est pas impossible quand on sait que la Mitteleuropa est constituée de peuples qui, si l’on en croit de nombreux témoignages, ont conservé la mémoire culturelle et historique de leur appartenance passée à des entités géopolitiques aussi importantes que l’Empire Austro-Hongrois et le Royaume Polono-Lituanien.
   À priori, et nonobstant la pitoyable manière dont se " construit " l’Union européenne, il y aurait donc plutôt lieu de se réjouir. Pourtant, le salutaire " pourquoi faire ? " de Bernanos, par delà les ans, ne manque pas de trouver écho dans l’esprit de ceux qui n’adhèrent pas à l’optimisme béat, réel ou feint, des " malins trop malins " qui nous refont le coup des lendemains qui chantent. Alors, oui, vraiment, " L’Europe pourquoi faire ? "
   En s’élargissant vers son Centre, l’Europe, à l’évidence, ouvre un chapitre crucial de son histoire, mais ou est l’idée, au sens platonicien et gaullien du terme, propre à constituer l’âme de son écriture ? Sera-t-elle contrelittéraire cette écriture, comme nous le souhaitons évidemment ici, tant il est vrai qu’il ne s’agit pas seulement, pour l’Europe, de s’écrire en s’élargissant mais aussi en s’élevant ? Ou se bornera-t-elle à incarner tant bien que mal les pauvres principes d’une Constitution dont la médiocrité le dispute à son inadéquation présente ?
   On ne saurait jamais assez s’en convaincre, la calamiteuse " construction " européenne souffre depuis sa naissance d’un vice rédhibitoire, celui de ne pas avoir respecté la hiérarchie naturelle des valeurs présidant à la vie des sociétés humaines et qui place la culture – les idées – au sommet ; l’économie – le ventre – en bas ; et le politique – la décision – entre les deux. L’Europe a commencé de se construire en sacrifiant au " règne de la quantité " par la création en 1951 de la Communauté Européenne du Charbon et de l’Acier ! Erreur fatale, entraînant des crises en cascade, et que les " bâtisseurs " essaient aujourd’hui de pallier avec leur projet de Constitution européenne insipide mais résolu à gommer l’origine chrétienne de l’Europe et à en terminer avec ses nations, la France en tout premier lieu.
   Dans le beau témoignage d’amour rendu à l’Europe par Louis Lallement sous le titre La vocation de l’Occident (2), figure, parmi les gravures insérées dans l’ouvrage, celle où l’on voit " L’Empereur d’Occident ", Charlemagne, les jambes largement écartées tel un compas délimitant une aire géographique, géopolitique et géospirituelle. De sa main droite, il tient fermement, la pointe dirigée vers le Ciel, la grande épée appelée Joyeuse " comme le cri de France est Montjoie, comme les lys de France ont fleuri à Joyenval, comme la régente de la terre du Graal est appelée Réponse de Joie ; car l’Évangile est "la bonne nouvelle" et le Christ est venu apporter aux hommes la vérité et la grâce divines afin qu’ils aient en eux, a-t-il dit, la plénitude de la joie éternelle. " La tête du " Salomon de la nouvelle Alliance " est tournée vers " le globe du monde que domine la croix ", tenu au bout de son bras auquel est suspendu un écu " parti de France et d’Empire " (3) représentant l’Aigle bicéphale du Saint-Empire et les Trois Lys du Royaume de France.
   Cette icône illustre remarquablement le caractère vain de l’opposition séparant " souverainistes " et " européistes ". Les souverainistes ont mille fois raison lorsqu’ils s’élèvent contre les pertes de souveraineté qui attentent à la liberté de la France ; mais ils ont mille fois tort lorsqu’ils s’opposent à l’Empire en ne le distinguant pas de sa parodie, l’impérialisme moderne, et en oubliant l’injonction du Christ : Ut unum sint. Les européistes ont mille fois tort lorsqu’ils veulent construire l’Europe en déconstruisant les vieilles nations européennes alors qu’elles constituent les seuls socles suffisamment solides sur lesquels peut être bâtie la " maison commune européenne " ; mais ils ont mille fois raison lorsqu’ils s’opposent aux égoïsmes nationaux et appellent de leurs vœux une Europe-puissance, seule capable de s’opposer à l’impérialisme américain.
   Aux uns et aux autres manque l’esprit de synthèse, cette folle logique du tiers-inclus qui, soumettant les contraires au pressoir de l’intellectus fidei, en extrait le nectar de la connaissance vraie d’où naît l’action juste. Car souveraineté et puissance ne peuvent trouver leur finalité en elles-mêmes mais dans un Principe qui vient d’En Haut comme le Maître l’enseigna à Pilate. Et la ré-évangélisation souhaitée par le Pape Jean Paul II ne concerne pas seulement la France fille aînée de l’Église mais l’Europe chrétienne toute entière à qui ce grand européen s’adressa en ces termes depuis Saint-Jacques de Compostelle : " Je lance vers toi vieille Europe un cri plein d’amour : Retrouve-toi toi-même. Sois toi-même. Découvre tes origines. Avive tes racines. "
   Alors, n’ayons pas peur, et saluons par une « Réponse de Joie », malgré les difficultés qui l’accompagnent, l’entrée dans l’Union européenne de la Pologne de Mieszko, de la Tchéquie de saint Vanceslas, de la Hongrie de saint Etienne et des autres. En attendant l’arrivée de l’Ukraine et de la Russie de saint Vladimir qui permettra à l’Europe de saint Benoît et des saints Cyrille et Méthode, ses patrons, de respirer enfin avec ses deux poumons, celui de l’Ouest et celui de l’Est, le Catholique et l’Orthodoxe.
____________________
1. Marie-Madeleine Davy, Nicolas Berdiaev ou la révolution de l’Esprit, Albin Michel, 1999.
2. Louis Lallement, La Vocation de l'Occident, La Colombière; 1947. Un an avant la première sortie de ce remarquable ouvrage, le même auteur fit paraître son non moins remarquable Essai sur la mission de la France.
3. Dans le vocabulaire de la héraldique, le "parti" sépare l'écu en son milieu par une ligne verticale.

 

mercredi, 05 avril 2006

Hommage à Jean-Marc Tisserant

Jean-Marc Tisserant nous a quittés le samedi 1er avril 2006. Né en 1942, après un cycle d’études à l’école Boulle, il mena une activité professionnelle dans divers cabinets d’architectes et publia une dizaine d’ouvrages. On retiendra plus particulièrement : La nuit du peyolt (1980), La Constellation du chien (1984), Le Charme d'Éden (1986), Le Rêve d'Odilon (1987), Le Dernier Ego à Paris (1989), Trois Fantômes (1990) et Terre noire (1994), ouvrages parus aux éditions de la Différence comme son tout récent dernier roman, Les Fils de la Veuve, dans lequel Patrick Besson (in Marianne du 02/09/2005), avait intuitivement reconnu un chef-d’œuvre. Il était un des tous derniers grands stylistes de la langue française. Son œuvre accompagne tragiquement la longue marche à rebours de la littérature, dans le dévoilement d’une écriture superbe qui est comme une théurgie secrète. Il fut un compagnon de route de Contrelittérature. En hommage à sa mémoire, nous publions un de ses articles parmi les plus clairvoyants, paru dans le n°15 de notre revue, qu'on lira rétrospectivement comme une dernière mise en demeure, un ultime testament.


LIGATURES
par Jean-Marc Tisserant


"Il voyait trop — Et voir est un aveuglement".
Tristan CORBIÈRE, Les Amours jaunes


Selon les doctrines traditionnelles, dont la conception du temps est cyclique, il est dit que le Kali-Yuga est le « Dernier Âge (1) ». Il se confond avec une crise profonde et généralisée des valeurs, une déshumanisation des individus, un affaiblissement des élites spirituelles, une destitution progressive du supra-monde, synonyme de libération des forces infernales. Comme si l'involution de nos temps paraplégiques, finissants et déjà révolus, devait aboutir à une rupture de ces digues protectrices évoquées par divers textes traditionnels, tel le rempart édifié, selon une légende musulmane, par Alexandre le Grand, lequel préserve le monde des hommes des hordes démoniaques de Gog et de Magog. Dans la Tradition scandinave, le loup géant Fenrir est « enchaîné » par les dieux. Chez saint Paul(2), il est aussi question d'un « lien », passablement mystérieux, qui protège de l'Homme impie, de l'Être perdu, de l'Adversaire. C'est la rupture de ce lien qui entraîne la déchéance du cycle.
À l'heure serpentiforme du Kali-Yuga, les sociétés modernes, déliquescentes, conformistes, frileuses, se veulent à égale distance des effusions du corps et des aventures de l'Esprit : dans l'entre-deux, à l'abri des remous, au chaud dans la Matrice. Elles n'offrent plus d'appui, à l'inverse des sociétés traditionnelles, lesquelles préservaient les voies d'accès au monde céleste. Le nihilisme décadentiste et moderne est hostile à toute forme de « saut éveillé par-dessus le Vide ». ( Que l'on songe, par « saut éveillé », au bond libérateur du singe Hanumân, le fidèle d'entre les fidèles, dans le Râmâyana.)
Les puissances infernales qui travaillent en nos temps périclitants n'ont de cesse d'engendrer des courants, des barrières, des manières de penser et des modes propres à emprisonner l'esprit des hommes afin d'empêcher le saut libérateur dans la profonde vastitude de la Vacuité divine. Une subversion contre-traditionnelle fabrique, à doses continues, des idées et des illusions désagrégatrices ; ainsi se conjugent au quotidien les formes cliniques du désespoir, les plus basses et les plus répandues, celles-là mêmes que dénonce Sœren Kierkegaard dans sa quête désespérée et désespérante ( l'homme inconscient de son moi, de son destin spirituel, de sa part d'éternité ).
Les sociétés modernes, dans leur bruissement de ruches industrieuses, sont avides d'identité, ce patch pour sujets décérébrés, et d'accomplissement personnel, cette parodie idyllique d'un retour au « pays natal » ; en réalité, ce qui est stigmatisé, ce n'est pas la recherche ou le maintien du «lien», du religere qui est aspiration à l'incorruptible, à l'irremplaçable, c'est l'ici, le maintenant, le temporel, l'éphémère. Nonobstant ces assommoirs, l'aspirant au Retour doit tourner le dos aux ligatures du monde. Mais le religere, qui éclot dans le non-vouloir transcendant, est-il seulement possible quand le fondement, qui autorise la prestance ou l'enracinement, fait défaut ? Il incombe à l'aspirant belluaire, ce dompteur de monstres, d'opérer, seul, son «revirement», qui est risque ou pari. Il doit sauter dans l'abîme afin d'y trouver le lien qui le délivrera des ligatures du monde. Ce lien entre le sensible et l'intelligible dépouillé de ses hypostases conchylifères passe par une « expérience intérieure », un vibrato métaphysique synonyme d'attention et d'intensité. Cela ressemble à une «guerre sainte», un âpre combat de tous les instants. Car non seulement les démons du dedans sont à l'affût, mais aussi ceux du dehors. Et ils sont légions les contrôleurs qui planifient les êtres et les choses, qui séparent criminellement ce monde-ci de la sacralité vivante et fondationnelle du religere, qui galvaudent toute hiérarchie sacrée, tout plongeon dans les « Hauteurs béantes ». Les élans, aspirations ou velléités qui veulent s'arracher aux boues de l'oubli sont sournoisement encadrés sinon réprimés. L'homme n'est plus qu'une ombre, un individu quelconque, banal, imbécile. Il a oublié l'avertissement de Walter Rathenau : « Ce n'est jamais d'agir qui déshonore, c'est de subir ». D'une certaine façon, le mortel est en « liberté surveillée ». Comme dans le monde de Kafka, il n'y a pas de vide où il puisse se réfugier. Les surveillants et les pharisiens, conscients ou inconscients, sont partout ; ils veillent à l'exécution de votre peine, entretiennent soigneusement tout sentiment de culpabilité. L'expérience de Thomas Bernhard dans le sanatorium de Grafenhof en témoigne(3).
L'homme actuel vit dans l'ignorance de lui-même, dans la continuité intérieure du mal ; il se satisfait d'illusions, de faux-semblants, d'expédients. Un narcissisme de pacotille, à l'opposé de l'amour de soi, le pousse dans un divertissement proche de l'abrutissement ; une conscience insulaire, fluctuante, lui tient lieu de labarum ; il s'adapte à une multiplicité de combinaisons, se prête à des leurres compulsionnels et puérils ; il se perd, de strate en strate ; il se momifie, de bandelette en bandelette.
Les lendemains radieux de la révolution et du progrès se sont dissous dans la traîne du siècle ; dans ce vide, s'ébroue une néo-démocratie molle sans principe d'autorité ni instance de pouvoir ; elle se veut sans histoire ni mémoire ; des machines décervelantes se chargent d'administrés et d'électeurs apathiques ; les extrêmes et les parias sont idéalisés par les instances bien-pensantes de la démocratie marchande ; mais en tant qu'individus vivants et souffrants, ils sont niés, car trop divers, trop multiples. Comme le démontre Ionesco, les cadavres sont toujours trop encombrants.
Dans les sociétés traditionnelles il y a correspondance entre l'ordre cosmique, l'ordre social et l'ordre à l'intérieur de chaque homme ; les membres de ces sociétés partagent une même vision du monde ; une même spiritualité les anime et les relie au monde céleste. Quand le lien n'est pas rompu, le monde céleste se dévoile et se décrypte dans le jeu des correspondances. L'ordre totalitaire, qu'il soit dur ou doux, est allergique aux rhizomes de l'amour et de l'espérance ; ainsi, par coupes et ligatures, s'étendent le décervelage, la contrainte et l'intimidation.
Les mass media, qui ont remplacé le pontifex et le sacrificateur, ces intermédiaires entre le Très-Haut et l'Ici-Bas, ne se veulent pas responsables : les médiateurs cultivent allègrement l'irresponsabilité, le brouet des petits sentiments desséchés. Rajas (la passion) et tamas (l'ignorance) sont exaltés, sattva (la pureté) cloué au pilori. Les rétrécissements spirituels sans nom de la nouvelle religion cathodique favorisent le duel et le dualisme, le binaire et le répétitif, l'amnésie et l'insignifiance. Nous vivons ainsi dans un « monde-monstre » qui est le jouet de ces « terribles simplificateurs » dont Jacob Burckhardt annonçait, à la fin du XIXè siècle, la prochaine venue. Vampirisé, soumis à l'effacement et la démolition, l'homme post-moderne (et pré-barbare ?) interroge vainement le fond de son cœur ; horreur, il est « creux et plein d'ordure »(4).
Ainsi que le stipule le Bhâgavata Purâna, «Kali (l'âge sombre) est couché». Tout va, en effet, dans le sens de l'aplatissement, de la résignation horizontale. Les forces obscurcissantes rejettent l'intériorité ( et son élan transcendantal, vertical, vers les hauteurs salvatrices ) ; elles veulent réduire le spirituel au temporel, et le qualitatif au quantitatif. Il ne reste plus à l'homme en perdition qu'à rechercher son « soleil de minuit », son « soleil intelligible », son « soleil du nord » en tâtonnant dans les ténèbres.
Il est probable que le réveil sera terrible. Non, ce n'est pas vers la fin de l'histoire que nous voguons ; l'unification planétaire, cet horizon béat de la mondialisation, n'aura pas lieu. Nous serons, au contraire, les témoins épouvantés de régressions foisonnantes, de passages au noir, d'intolérances haineuses, de conflits ethno-culturels colossaux qui iront en s'amplifiant, du fait du poids démographique, de l'inculture et de l'appétit des néo-barbares. En attendant les craquements du futur, dans le cliquetis des sous-présences et des réverbérations occultes, la contrefaçon et la parodie prolifèrent en nos temps désormais antéchristiques. La contrefaçon entretient le leurre et la tromperie, apanages du diable. L'Antéchrist est une imitation de l'Oint, son reflet parodique. Il a pouvoir d'accomplir des prodiges et de tromper les hommes ; mais il est écrit que l'Antéchrist « n'a pas pouvoir sur l'âme » (5). Il est donc limité à la matière et à la forme et ne peut accéder à « la vraie génération de la divinité » (6). Multiples sont les exemples de ses singeries dans la société post-moderne ; ( de quelque façon, le diable ne peut s'empêcher de laisser l'empreinte de ses pieds fourchus partout où il passe. ) Cependant, les artifices de la contrefaçon diffèrent des palinodies du grotesque. C'est pourquoi, en nos temps de falsifications polymorphes, si le grotesque se laisse entrevoir dans la sciure des jours, comme en filigrane, un discret avertissement à l'attention des initiés, il n'en va pas de même pour les formes supérieures de la contrefaçon s'exerçant en marge des apparences. Ceux qui manigancent en catimini ( accapareurs de richesses, ponctionneurs d'énergies, cols blancs de la haute finance prônant la globalisation pour les autres et l'exception pour eux-mêmes, etc. ) préfèrent les ombres des cintres aux lumières de la scène. De même Lucifer, jadis l'Ange de la splendeur, se cache derrière un pilier, un cutter à la main, dans le parking d'un sous-sol. Sa géhène, sa rage et sa colère, est de contrefaire la lumière, de passer pour ce qu'il n'est pas. Marionnettiste à l'envers, il tire les ficelles vers le haut, sa patrie d'origine. En quoi nos temps déliquescents, et leur culture de la fraude et du détournement à grande échelle, s'illustrent comme de fantastiques machines à effacer. Ils s'exercent dans la promiscuité de tous les signes et de toutes les valeurs. Lors, dans les engrenages d'une société globalisante et matricielle, s'activent les surrenchères et les outrances : comme dans les spots publicitaires, le vrai s'efface dans le plus vrai que vrai, dans le trop vrai pour être vrai.
La ruse de l'Antéchrist, cet expert en illusions, est de masquer le mal dans le bien, de les confondre, de les rendre indistincts. Il nous faut croire que l'on s'occupe de notre bien-être, que « tout est pour le mieux dans le meilleur des mondes ». La modernité veut notre « libération », notre aise sous toutes ses formes. Mais cet accomplissement est aussi un achèvement de notre liberté : « Tout le mouvement de la modernité, son destin négatif s'inscrit dans le fait de transcrire tout ce qui relevait de l'imaginaire, du rêve, de l'idéal, de l'utopie, de transcrire tout cela dans la réalité technique et opérationnelle. Désaliénation radicale donc que cette hyperréalisation de toutes les possibilités. Accomplissement inconditionnel, plus d'arrière-monde, plus d'impossible, plus de transcendance où se réfugier. Plus d'homme aliéné : un individu comblé, virtuellement bien sûr » (7).
Le Mal post-moderne se glisse sous le bien. Cette misère chthonienne d'une époque en devenir perpétuel, cette confiscation de la lumière, ou plutôt sa surexposition dans notre galerie des glaces, Nicolas Berdiaev le pressentait, avant l'embrasement de l'Europe, comme horizon des totalitarismes à venir : « L'apparente humanité, liberté et unité des hommes cache le mal du futur, un mal complexe et définitif, mais non moins visible. Ce mal final, le plus séduisant, prend l'apparence du bien » (8).


1. Vishnou-Purâna, I,1.
2. IIème épitre aux Thessaloniciens, 6-8.
3. « La vie n'est rien que l'exécution d'une peine, me dis-je en moi-même, il faut que tu supportes l'exécution de cette peine. À perpétuité. La vie est un établissement pénitentiaire avec très peu de liberté de mouvement. Les espérances se révèlent un faux raisonnement. Si tu es libéré, au même instant, tu entres de nouveau dans le même établissement pénitentiaire. Tu es un détenu et rien d'autre. Si l'on te met dans la tête que ce n'est pas vrai, écoute et tais-toi. Considère qu'à ta naissance tu as été condamné à la détention criminelle à perpétuité et que la faute en revient à tes parents. Mais ne leur fais pas de reproches faciles. Que tu le veuilles ou non, tu as à suivre à la lettre les règlements qui règnent dans cet établissement pénitentiaire. Si tu ne les suis pas, ta détention criminelle sera aggravée. Partage ta détention criminelle avec tes codétenus mais ne te ligue jamais avec les surveillants ». (Thomas Bernhard, Le Froid, Gallimard, 1984, p. 41).
4. Pascal, Pensées, 138. Editions du Seuil, 1962.
5. Apocalypse d'Elie, II. Dans La Bible, écrits testamentaires, Gallimard, La Pléïade, 1987.
6. Jacob Boehme, L'Aurore naissante, XIII, 89. Archè, 1977.
7. Jean Baudrillard, Le Paroxyste indifférent, Le Livre de Poche, Biblio essais, 1997, p. 86.
8. Cité par Juan Asensio, Contrelittérature n°14, Été 2004, La Légende du Grand Inquisiteur.


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